jueves, 16 de marzo de 2017

Reflexiones sobre un dibujo social


Hoy un amigo me envió esta imagen. Ya la había visto publicada en algunos muros, y quisiera hacer una humilde reflexión al respecto.

1. Lo que la imagen representa
Vemos dibujado algo que no podemos negar: la profunda injusticia social de un sistema mundial basado en la explotación de millones de personas cuyo sometimiento es la única opción de supervivencia. De esa explotación van a surgir una serie de productos que serán consumidos por otras millones de personas en distintas partes del globo, que aun siendo también explotadas, les queda un resto para generar el mercado. 
Vemos a esas dos clases de personas, los trabajadores (casi esclavos) y el consumidor. Nos está faltando una, ¿no creen…?


2. El mensaje
Veo dos maneras de interpretar el mensaje del dibujo. La primera es pesimista: toda esa desgracia, todas esas personas sufriendo por ser sometidas a jornadas inhumanas, por salarios de hambre a lo largo del planeta tienen un culpable. Sí, los hábitos de consumo de los países desarrollados y semi desarrollados y su clase media profesional que no para de comer, vestirse, mirar porno y comprarse iPhones…
La otra, es optimista: todo ese mundo horrible que generó la irresponsabilidad de los consumidores (malditos, malditos consumidores!) se arreglaría teniendo conciencia y modificando nuestros “hábitos de consumo”. Hacerse vegetariano, comprar ropa producida por chicos cool de Palermo o tomar café orgánico podría contribuir a cambiar el mundo…


3. La “supuesta hipocresía”
Todo el mensaje anterior es rápidamente captado gracias al estereotipo de “chico socialista” ó “hippie con osde” que se encuentra en la centralidad del dibujo. Esa remera del “Ché” lo dice todo, ¿no? 
¿Cómo puede ese pibe tener una remera de un revolucionario y ser un simple consumidor más en este sistema? Los comunistas no consumen, los comunistas no tienen iPhone, ni usan Facebook, ni nada. Se dejan la barba, no se bañan, viven en la selva, eso hacen. Si les gusta ver porno que se adapten al sistema y no lo cuestionen, ¡carajo!
Pero… ¿es realmente posible salirse del sistema? ¿Se puede, dadas las circunstancias mundiales actuales, consumir algo que no haya sido producido bajo condiciones de explotación? ¿Tenemos forma de saber de dónde viene exactamente y cómo se hizo lo que estamos comprando, absolutamente cada cosa que compramos?


4. El objetivo final
Acá es donde todo esto se pone interesante, porque voy a intentar descifrar cual es el objetivo del dibujo, su función, para qué fue hecho.
A simple vista, parece cuestionar ese mundo injusto de explotación y miseria, pero en realidad lo que cuestiona es “el cuestionamiento de ese mundo injusto de explotación”. La crítica se centra en la “supuesta hipocresía” antes descripta. El dedo acusador señala a ese consumidor que, disfrutando de todos los productos y servicios que genera la industria capitalista, osa ponerse una remera del “Che” y criticar aquéllos “hábitos de producción”. Con lo cual, este dibujo, en vez de generar conciencia sobre el mundo que vivimos, lo que genera es frustración.
Provoca frustración sobre el cuestionamiento del statu quo y obsecuencia al sistema capitalista, ya que así planteadas las cosas, la única manera de no ser un hipócrita sería aceptar la injusticia despreocupadamente.
Este dibujo es un excelente dispositivo desactivante de toda posición disidente al sistema, ya que para no pecar de hipocresía, es mucho más fácil aceptar las cosas como están, antes que renunciar a todo tipo de consumo e irse a vivir a una isla (básicamente).



5. Conclusión 
La tercera clase de personas que falta en el dibujo es, ni más ni menos, la clase social dominante, la gran clase fantasma que nunca quiere mostrar su verdadera cara. Los dueños de los medios de producción, financiación, comunicación, los dueños de la tierra, los dueños del capital, la clase capitalista por excelencia. Te olvidaste de agregarla en el dibujo, ¿no, García? Detalles, nomás…
Vivimos en un sistema en donde la rentabilidad, la productividad, la acumulación de capital, la tendencia al monopolio, a la superproducción, etc. está por encima de cualquier necesidad REAL de consumo. El valor de cambio está por encima del valor de uso. El capital por encima de los seres humanos. El consumo es estimulado mediante bombardeos publicitarios para poder colocar mercadería que YA ESTÁ producida. Los cambios en los hábitos personales de consumo de cada uno poco impacto pueden tener en un sistema con hábitos de producción terriblemente especulativos, donde se busca disminuir costos y maximizar ganancias cada vez más fuertemente, ¡en eso radica la supervivencia de una empresa!
En medio de este círculo vicioso, dibujos como este sólo producen sofocamiento y miedo. Miedo a ser considerado hipócrita en la imposibilidad de apartarse del sistema y aun así estar disconforme con él.
Es una mojada de oreja, una provocación para abandonar toda utopía, todo ideal, por creerlo imposible de realizarse. La única manera de oponerse al sistema, ¿es dejar de consumir? ¡Eso es imposible! La manera de oponerse a un sistema es conocerlo en profundidad, y plantear su transformación. Para eso no hay otra herramienta que la política. Lograr una producción sometida a la demanda, para terminar con la demanda sometida a la producción, es el desafío. De eso depende nuestro futuro en este planeta…

jueves, 9 de febrero de 2017

Falsedad ideológica


Falsedad ideológica, o pequeña reflexión sobre un meme. 


Veamos, siguiendo este argumento podemos inferir que los conceptos de pobreza/riqueza nada tienen que ver con el hecho de tener/no tener dinero. Son un estado mental, con lo cual es posible ser pobre teniendo mucho dinero, y ser rico no teniendo capital alguno...  Hum, qué extraño...
Teniendo en cuenta que el dinero es la representación del trabajo social, y que sólo hay dos formas de apropiarse de él, a saber: mediante el trabajo propio o explotando el trabajo ajeno, y que esto último determina las únicas dos clases sociales existentes en el mundo, a saber: clase trabajadora y clase propietaria (de los medios de producción, financiación, comunicación, tierras, etc.), lo que determina la dicotomia de Opresores/Oprimidos, (ó, más eufemisticamente, ricos y pobres), sólo queda por concluir que la pobreza o riqueza no son estados mentales, sino lugares de posicionamiento social. Y lo que determina ese posicionamiento social es.... Chachachaaannn...! Si, el dinero, o más precisamente, el Capital acumulado.
Para corregir finalmente la frase en cuestión, yo diría lo siguiente: ser pobre no es un estado mental, es un estado social. Y tener o no tener dinero no es una cuestión temporal, sino una cuestión de utilidad, tu utilidad al sistema.

sábado, 8 de noviembre de 2014

El concierto clásico como acontecimiento poiético-social.


Reflexiones filosóficas en torno a las normas imperantes en las salas de conciertos. (PDF)


Pablo Daniel Buono
Licenciatura en Artes Musicales. IUNA.


Introducción


En una sala de conciertos (y desde una ubicación alta) pueden presenciarse lo que parecieran ser dos obras de teatro paralelas: una tiene lugar sobre el escenario, y la otra en la platea. En la primera, los protagonistas son los artistas, en la segunda lo es el público. Artistas y público parecen, por momentos, competir por el protagonismo del acontecimiento artístico, observándose mutuamente, intercambiando sus roles.
Hay un excelente dibujo humorístico de Joaquín Lavado, Quino1, que consta de tres cuadros: en el primero, se ve un teatro de opera por fuera en una noche de función, con el público ingresando; en el segundo cuadro, se muestra el interior de un teatro con el telón cerrado y el público ya ubicado en sus butacas; y en el último cuadro, el telón se abre, pero en el escenario hay lo que a simple vista parece ser un gigantesco espejo en donde el público se ve reflejado, pero en verdad es otra sala de conciertos paralela a la principal, con otro público (los dos públicos quedan enfrentados entre sí). Creo que es una magistral crítica social para un sector de la población, generalmente ubicado en la platea, que va al teatro para verse reflejado en él; que va a un concierto no para disfrutar de la música, sino para mostrarse a sí mismo, cumpliendo funciones que van más allá de la fruición estética. Esta especie de aristocracia, que los grandes teatros de ópera conservan y generan por medio de abonos de temporada, sirve de sostén para la vigencia de un sistema tradicional de normas y costumbres que, en mi opinión, perjudica enormemente la experiencia artística, además de volverla inaccesible al sector social opuesto.
Lo que me pretendo demostrar en este ensayo (en el cual me tomé la licencia de intercalar un relato ficcional en primera persona) es que dichas normas y costumbres, que más adelante se detallarán, pueden ser modificadas en favor de lo que Jorge Dubatti (2011) llama convivio, acontecimiento estético en donde conviven el encuentro, la poíesis, y la expectación. Para esto tomaré como eje un artículo de Baldur Brönnimann, asiduo invitado del Teatro Colón de Buenos Aires, en donde detalla muchas de esas costumbres y propone algunas modificaciones.
Pero antes, definamos bien qué es un concierto.


Acontecimiento ontológico

Jorge Dubatti (2011) define al teatro como acontecimiento ontológico, esta definición nos puede ser de utilidad para aplicarla al concierto. “En su acontecer se relacionan al menos tres subacontecimientos: el convivio, la poíesis y la expectación.” (p. 50)
Siendo el convivio un encuentro espacio-temporal entre artista y público; la poíesis, en el sentido aristotélico, la producción de objetos artísticos; y la expectación, el trabajo interpretativo que realiza el espectador. El concierto es un acontecimiento ontológico en tanto y en cuanto asistimos al ser de la poíesis, a través del trabajo de los artistas a la vez que, como público, también contribuimos a la construcción poiética. Dice Dubatti que:

la expectación no se limita a la contemplación de la poíesis, sino que además la multiplica y contribuye a construirla: hay una poíesis productiva (generada por el trabajo de los artistas) y otra receptiva, éstas se estimulan y fusionan en el convivio y dan como resultado una poíesis convivial. (p. 42)

A su vez, el concierto, como una obra de teatro, no podría funcionar sin aquellos tres entes convivial-poiético-expectatorial.

Ninguno de estos tres elementos puede ser sustraído. Puede haber convivio (en muchos tipos de reunión) sin poíesis ni expectación, por ejemplo, en la mesa familiar o en una reunión de trabajo: hay teatralidad no-poiética, en consecuencia, no es teatro. Puede haber convivio y poíesis sin expectación (con distancia ontológica), por ejemplo en un ensayo sin espectadores: no se constituye el “mirador”, no es teatro. Puede haber poíesis sin convivio y sin expectación, por ejemplo, en el trabajo de un actor que ensaya en soledad: no es teatro. Puede haber convivio y expectación (sin distancia ontológica) sin poíesis, por ejemplo, en una ceremonia ritual, en el fútbol: no es teatro. Puede haber poíesis y expectación sin convivio, por ejemplo, en el cine: no es teatro... (p. 43)

Todo este fragmento es extrapolable al contexto del concierto musical, el cual también depende de los tres entes. Puede haber convivio sin poíesis ni expectación en un ensayo2 de música comercial3 interpretada con oficio pero sin arte; pueden estar el convivio y la poíesis pero no la expectación en ese mismo ensayo, ahora de música que apasione a sus intérpretes; puede faltar sólo la poíesis en un evento comercial donde los artistas deban interpretar música a pedido, etc. Pero nada de eso sería un concierto propiamente dicho.

Para utilizar los términos de Walter Benjamin (1973), en un concierto presenciamos el aura de la obra de arte. Es decir, el ritual de su creación, el aquí y ahora del momento en el que la obra se forma, la poíesis viva, cuyos vestigios desaparecen en cuanto esa obra es reproducida. Hoy en día podemos adquirir la grabación de un concierto en CD o DVD, pero de esta manera nunca percibiremos el aura, nunca asistiremos al ser de la poíesis.

Hasta aquí hemos hablado del teatro y el concierto como acontecimientos poiéticos. Ahora es momento de estudiar su inserción en la sociedad (y su condicionamiento a la moral vigente). Y para esto, ¡nada mejor que ir a un teatro a escuchar una buena orquesta en vivo!


El concierto


Luego de una breve espera en la fila de la boletería, consigo mi ticket. Hoy, la orquesta filarmónica interpreta la primera sinfonía de Gustav Mahler. Un acomodador me indica mi lugar: tertulia alta, fila 2, asiento 103. A cambio de una modesta propina, recibo el programa del concierto. Ya cómodamente ubicado, y por faltar unos buenos veinte minutos para el comienzo de la función, me dispongo a observar el ambiente.
Sobre el escenario y con el telón abierto, totalmente ajenos a lo que ocurre en la platea, algunos músicos prueban sus instrumentos. Tocan escalas, arpegios, e incluso algún que otro pasaje reconocible de la sinfonía de programa. Visten de frac, los hombres, y vestido largo las mujeres. El negro y el blanco son preponderantes en el lienzo escénico.
En la platea, totalmente ajeno a lo que ocurre sobre el escenario, el público se va ubicando en sus butacas, asistido por cuatro acomodadores que van de un lado a otro sin descanso. Los hombres visten traje y corbata, brillantes vestidos las mujeres. La sencillez tradicional masculina contrasta visiblemente con el (también tradicional) excesivo brillo femenino.


Las normas

Baldur Brönnimann (2014), un joven director de orquesta suizo, publicó en su blog personal un breve artículo acerca de cómo piensa que deberían ser los conciertos en la actualidad. En él nos cuenta:

A menudo asisto a un concierto pensando que nunca estaría allí si no fuese por interés profesional. Es una verdadera vergüenza, porque sentarse en una sala de conciertos y no hacer nada más que escuchar durante dos horas es una experiencia fantástica y bastante radical en nuestras vidas. Sin embargo, en los conciertos clásicos hay muchas “normas” y costumbres tácitas que con frecuencia se aceptan discretamente y que hacen que la experiencia del concierto clásico sea peor de lo que debería.

Pero, ¿a qué normas y costumbres se refiere? Y ¿por qué la perseverancia de esas supuestas normas y costumbres hacen de la experiencia del concierto algo peor de lo que debería ser? ¿No tendrían que servir para mejorar esa experiencia, o para hacerla accesible a una mayor cantidad de personas?
Vestir de etiqueta, permanecer en silencio hasta el final de una pieza (evitando aplaudir entre los movimientos), apagar los teléfonos celulares, recibir con aplausos la entrada en escena del concertino de la orquesta y luego del director, leer en el programa las notas concernientes a las piezas que se interpretarán, etc. ¿Qué funcionalidad tiene? ¿Sirve para poder apreciar mejor la música? ¿Ayuda a generar un clima propicio para la experiencia musical? ¿O, por el contrario, provoca un ambiente restrictivo e incómodo? ¿Cómo debería ser un concierto? ¿Cómo nos deberíamos sentir dentro de la sala?

Las luces se atenúan, los músicos de la orquesta ya están ubicados y en silencio, el público de la platea aún sigue hablando, pero en voz baja. Estoy ubicado en la tertulia alta, es como un tercer piso, y desde aquí arriba noto que la vestimenta de los hombres de abajo es perfectamente uniforme: trajes grises y negros. Las mujeres, en cambio, parecen competir por ver quién lleva el vestido más espectacular, el abrigo de piel más natural, o el mejor peinado de coiffeur.

Pierre Bourdieu (1988), en su obra “La distinción”, habla sobre los gustos. “Para que existan gustos es necesario que haya bienes clasificados, de “buen” o “mal gusto”, “distinguidos” o “vulgares”, clasificados al mismo tiempo que clasificantes, jerarquizados al mismo tiempo que jerarquizantes.” Por lo tanto, se podría afirmar que el público de esta sala tiene buen gusto (o por lo menos trata de aparentarlo), ya que está consumiendo un bien distinguido que lo jerarquiza. Pero, ¿esto es realmente así? ¿Todo el público presente vino a disfrutar de una experiencia artística compleja? ¿O algunos sólo vinieron a mostrarse, a estar, a cumplir...?


Utilidad

Bourdieu también escribe sobre la utilidad de la belleza. Según él,

el interés que conceden las diferentes clases sociales a la propia presentación, […] está proporcionado con las posibilidades de beneficios materiales o simbólicos que razonablemente pueden esperar de la misma; y con mayor precisión, depende de la existencia de un mercado de trabajo en el que las propiedades cosméticas puedan recibir un valor.

¿Puede ocurrir que vestirse de traje y corbata, o con un brillante vestido de gala, y asistir a un concierto en un teatro de ópera tenga una utilidad, más allá de la fruición artística?
Podría ser que, para nuestra sociedad, hacerse ver en una sala donde se va a llevar a cabo un concierto clásico, vestido de gala y ubicado en la platea, puede brindar los beneficios simbólicos de los que habla Bourdieu...

Qué intereses tienen los hombres y mujeres de la platea, no puedo saberlo, pero de algo estoy seguro: poseen genuino interés. Sino no estarían aquí ahora. Marta Zátonyi (2007), en su libro Arte y creación, nos dice:

existe la utilidad como factor del origen e intención del arte. El significado de la utilidad es aquí mucho más amplio y diverso que una utilidad comúnmente considerada económica y empírica. Lo útil compete a los fenómenos como el alma, el pensamiento, la satisfacción intelectual, el regocijo, la fruición. El placer de la pertenencia también concierne a lo útil... Allí se entrelaza con otro concepto: el interés. (p. 23)

El placer de la pertenencia. ¿Será ese el genuino interés de estas personas? ¿Será ese el beneficio simbólico? Pertenecer. ¿A qué? A una clase social, quizá. A una cultura elitista. Venir al teatro podría no ser una necesidad estética, sino una demostración del status económico de quien puede darse el lujo de pagar un asiento en la platea.
Pero también, asociada a las clases sociales, hay otro tipo de pertenencia: la cultural y artística. En el libro de Zátonyi puede leerse:

el arte genera comunidad y pertenencia; sabemos sobre qué se habla y a qué se refiere, siempre y cuando usemos el mismo código. Suele llamarse de este modo a un sistema de signos asociados entre sí y de estrategia compartida. Se destaca el sistema de los signos artísticos: cine, literatura, arquitectura, música, pintura, cómics, las más diversas áreas del diseño. Cualquiera de estos sistemas se ubica en un tiempo y en un espacio histórico y cultural, sosteniendo su vigencia en convenciones.
El incesante cotejo con ellos, de resultado positivo, su uso y su entendimiento dan garantía de pertenencia y una especie de carta de ciudadanía. Quedarse fuera de ellos genera la inevitable sensación de marginación. (p. 22)

Sosteniendo su vigencia en convenciones... Garantía de pertenencia... Sensación de marginación... ¿Será que todas estas reglas y costumbres tácitas, de las que habla Brönnimann en su artículo, sirven para mantener en los teatros un ambiente restrictivo y cerrado, y de esa forma, garantizar el acceso sólo a un sector privilegiado de la sociedad? Mirando hacia la platea, me da la sensación de que así es...

Las luces se apagaron completamente. Se escuchaban las últimas toses cuando desde el fondo del escenario surge el último músico que faltaba: el primer violín, concertino de la orquesta, quien es recibido con aplausos discretos. Saluda y se dispone a dirigir el proceso de afinación de las distintas secciones instrumentales, pidiéndole al Oboe que toque la nota LA.


Las costumbres

Una de las costumbres que merecen una modificación para Brönnimann (2014), es la de afinar a la orquesta sobre el escenario. Para él, esto se debería poder hacer tras bambalinas, y salir luego con los instrumentos ya afinados. “No deberíamos estropear el impacto de los primeros sonidos de una pieza emitiendo al azar muchos de estos mágicos sonidos al principio de un concierto. […] Deberían surgir del silencio total.” Concluye.
Esto podría interpretarse como una falta de consideración hacia los músicos que no tienen la posibilidad de salir al escenario cargando con su instrumento ya afinado (léase timbalistas, arpistas o tubistas), pero podría producir un efecto interesante en cameratas de cuerdas.

(Me sobresalta la ovación del público. Ha entrado el director de la orquesta. Hace una reverencia, le da la mano al concertino e inmediatamente da comienzo a la sinfonía.)

Brönnimann tiene ideas interesantes, a mi entender. Según él, en los conciertos clásicos falta el factor sorpresa. Los programas, en general, son demasiado previsibles.

Los bises son a menudo lo que más se queda grabado en la memoria de la gente y creo que los programadores deberían arriesgarse y no imprimir siempre todo el programa, sino solamente ciertas obras clave. En un concierto debe existir un elemento de imprevisibilidad.”

A ésto último suma la opinión de que todos los programas deberían incluir una pieza contemporánea.
¿Estaría lleno el teatro hoy, si nadie supiera qué música interpretará la orquesta? O quizá cabría hacer otra pregunta similar: ¿estaría lleno el teatro hoy, si el programa tuviese como obra central una pieza contemporánea, en carácter de estreno?
Habría muchísimos curiosos, seguramente, pero gran parte del público general no se arriesgaría a oír una pieza desconocida. Preferirían las ya conocidas y tradicionales composiciones de siglos anteriores, como queda demostrado en la escasez de butacas vendidas cada vez que se programan obras actuales (y, justamente, en la escasez de programas donde se incluyan obras contemporáneas).


Tradición

Para Carl Dahlhaus (1997), el sentido de la tradición no es sólo una conciencia del pasado, sino también una conciencia del presente y del futuro. En su libro Fundamentos de la historia de la música, escribe:

Quien se abandona a las normas, instituciones y hábitos de percepción de los siglos pasados y encuentra en ellos el firme apoyo que necesita, cree estar seguro de sí mismo en el presente y cree poder predecir los contornos de un futuro que apenas si representará un cambio. (p. 83)

Afincarse en la tradición es una manera de afincarse en la vida. Se está seguro de uno mismo cuando se dejan de hacer preguntas y comienzan las afirmaciones absolutas. Entonces ya no queda reflexión posible.
Dahlhaus prosigue:

El signo de que una tradición no se ha roto es el respeto por las "antiguas verdades", que ni siquiera se pregunta si la antigüedad de una cosa es garantía de verdad o si una norma proviene de tiempos inmemoriales por el hecho de representar una verdad. La tradición y la validez están tan ligadas, que la reflexión sobre las condiciones originales, sobre un antes y un después lógico y cronológico, parece superflua. (p. 82)

Evidentemente, venir a escuchar la primera sinfonía de Mahler, por la orquesta filarmónica de la ciudad, en uno de los mejores teatros, es una garantía de excelencia estética. Es una música, una orquesta y un teatro consagrados por la tradición. Incluso la manera de interpretar la música de Mahler está cargada de tradicionalismo.

Después de un maravilloso primer movimiento, con gran protagonismo de los timbales y los bronces, la conclusión dramáticamente abrupta de la música pareció sorprender a algunos oyentes, quienes empezaron a aplaudir fervorosamente al mismo tiempo que otros espectadores de la sala trataban de callarlos emitiendo un particular sonido conocido como "chistido" y onomatopéyicamente pronunciable como Shhh.
Siempre me llamó la atención (y causóme no poca gracia) esa particular forma de expresarse del público, peleándose entre sí (¿buscando protagonismo, quizá? Sigo pensando en el dibujo de Quino...), en una especie de lucha por la supervivencia de la norma (la cual parecería indicar que no se puede aplaudir entre movimientos) contra el desenfreno del sentimiento.

De las diez normas que pretende cambiar Brönnimann (2014) de los conciertos, ubica en primer lugar la no libertad del público a expresarse.

“Gustav Mahler introdujo el hábito de sentarse en silencio hasta el final de una pieza y creo que, después de unos 100 años, ha llegado la hora de cambiarlo. Me encanta que la gente aplauda entre los movimientos. Es una expresión espontánea de gozo y la gente no debería dudar en mostrar sus emociones en un concierto.”

Mostrar las emociones, expresar los sentimientos en un concierto, ¿no sería una forma de contribuir a la poíesis receptiva de la que habla Dubatti? ¿Puede ser que ciertas normas atenten contra la integridad del concierto, no dejándolo ser? Ahora comprendo a Nietzsche (2010) cuando se preguntaba si “la moral no sería una voluntad de negación de la vida, un secreto instinto de aniquilamiento...” (p. 17)
Pero si el concierto no se concibe sin el convivio con el público, si la poíesis receptiva de éste es tan necesaria, ¿el público no debería tener derechos sobre el concierto, al que contribuye con su presencia? Después de todo, como opinaba Oscar Wilde (2007) es el espectador, y no la vida, lo que realmente el arte refleja.(p. 10)

Brönnimann opina que, efectivamente, el público tiene derechos sobre lo que presencia, y debería poder usar sus teléfonos celulares en pleno concierto. “No me refiero a hacer llamadas telefónicas, por supuesto, pero en lugar de desconectar los teléfonos, la gente debería poder tuitear, hacer fotos o grabar los conciertos silenciosamente”, concluye.

En sus escritos, Walter Benjamin (1973) habla de las consecuencias de la reproductibilidad técnica del arte, pero no pudo conocer un nuevo concepto asociado a esa facilidad de reproducción que brindan las nuevas tecnologías: el compartir masiva y desinteresadamente.
A partir del surgimiento de internet, compartir productos artísticos reproducidos digitalmente con personas de todo el mundo se volvió una tarea común para muchos de nosotros. Hoy en día, a través de las nuevas tecnologías, podemos capturar y compartir al instante cualquier acontecimiento que estemos presenciando.
Por supuesto que quien reciba esa captura, esa copia digital de la obra, no podrá presenciar su aura, pero lo importante es que podrá presenciar la obra. La reproductibilidad ténica fomenta y facilita enormemente la socialización del arte. Todos podemos acceder a todo.

Fin del segundo movimiento. Esta vez nadie se animó a aplaudir, quedamos todos expectantes al comienzo de los timbales, que ya están sonando. Re, la, re, la, perfecta introducción para que el contrabajo cante la calma y reflexiva melodía de la marcha fúnebre.

(Pero, finalmente... ¿sirve para algo todo esto? ¿Es útil? ¿O simplemente se trata de un goce espiritual, un regocijo, una satisfacción intelectual, como dice Zátonyi?)


Inutilidad

Sobre si el arte es útil o no, hay opiniones diversas. Para Oscar Wilde (2007), “todo arte es completamente inútil.” (p. 9) Pero, ¿inútil para qué? Este escritor afirma que el arte no tiene por qué ajustarse a ningún tipo de moral, sino más bien que debe nutrirse de la moralidad, convertirla en tema. Pero en esta concepción, la independencia del arte con respecto a la moral también funciona a la inversa, inutilizando la injerencia del arte en la cuestión social.
Theodor Adorno (1983), por el contrario, teoriza sobre la fealdad en el arte opinando que ésta debe tener una función revolucionaria y denunciatoria sobre las injusticias de la sociedad. “El arte tiene que convertir en uno de sus temas lo feo y proscrito: pero no para integrarlo, para suavizarlo, [...] tiene que apropiarse de lo feo para denunciar en ello a un mundo que lo crea y lo reproduce a su propia imagen”, escribe.

Útil, inútil... ¿Por qué nos preguntamos por la utilidad del arte?...
Darío Sztajnszrajber (2014), en su libro ¿Para qué sirve la filosofía?, desarrolla un concepto que en este momento (muy jocosamente lo escribo) me puede resultar útil. Este filósofo plantea a la filosofía como un saber inútil que cuestiona la utilidad de las cosas.

[la filosofía] es un saber inútil porque cuestiona que todo tenga que ser útil, cuestiona el principio de utilidad como valor dominante, naturalizado y normalizador de todos nuestros actos. Es un saber inútil porque a diferencia del resto de los saberes no responde por el cómo sino que pregunta por el qué. No responde, pregunta. Y en la pregunta, interrumpe. (p. 39)


Conclusiones


Interrumpe... ¿Servirán para eso la filosofia y el arte? Para interrumpir el funcionamiento normal de las cosas, del mecanismo social, quizá... Interrumpirlo para pensarlo, observarlo, cuestionarlo...
Estoy de acuerdo con la apreciación de Sztajnszrajber, “la filosofía tiene mucho de arte” (p. 37), a la cual agregaría que, también, el arte tiene mucho de filosofía. Con el arte se filosofa, porque ayuda a pensar, provoca pensamiento.
Pero, a su vez, el arte necesita cierta libertad de expresión, que a veces se ve coartada por normas y costumbres que buscan la preservación de la forma, sin darle importancia al contenido. El concierto, como acontecimiento, debe ser modernizado. Las normas aún vigentes deben actualizarse para facilitar la llegada del arte (en este caso, la música sinfónica) a un público lo más amplio posible.
Entiendo que el sistema de abonos pueda ser de vital importancia para la economía de un teatro de ópera, pero a veces se le da demasiada importancia al sector de abonados, programando ciertas óperas o piezas de “éxito asegurado” o funciones de abono únicamente. Esto último, con el agregado de una política de precios totalmente excluyente, aleja al gran público del arte, convirtiéndolo en un pasatiempo de elite.
Todo elitismo produce estancamiento y conservadurismo, por lo tanto no puede permitirse que la clase dominante influya sobre la programación de un teatro. El poder económico no debería condicionar al arte. Parafraseando a José Ingenieros (1961), cuando escribió que “la felicidad que da el dinero consiste en no tener que preocuparse de él” (p. 168), pienso que el arte debería tener esa felicidad.

En esto estaba pensando cuando me interrumpió una exploción de aplausos y gritos de ¡bravo! con los cuales se llenó toda la sala. Al parecer, la sinfonía había terminado sin que me diera cuenta.
El director saluda al público inclinándose hacia adelante, luego le da la mano al concertino, y después hace parar a los solistas principales, luego a cada sección de la orquesta, y por último a toda la orquesta completa. El aplauso es constante. De repente sale del escenario, y vuelve a entrar para repetir toda la ceremonia de saludos otra vez. El público no deja de aplaudir, yo sí porque me queman las manos. Fue un gran concierto, sin duda. Pero podría haber sido todavía mejor. Creo...



Bibliografía


Adorno, T. (1983). Teoría estética. Barcelona: Orbis-Hyspamérica.
Benjamin, W. (1973). La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. En Discursos interrumpidos. Madrid: Taurus.
Bourdieu, P. (1988). La distinción. Madrid: Taurus.
Brönnimann, B. (2014). 10 cosas que deberíamos cambiar en los conciertos clásicos. Disponible en: http://www.baldur.info/es/blog/10-things-that-we-should-change-in-classical-concerts/
Dahlhaus, C. (1997). Fundamentos de la historia de la música. Barcelona: Gedisa.
Dubatti, J. (2011). Introducción a los estudios teatrales. México D. F.: Libros de Godot.
Ingenieros, J. (1961). El hombre mediocre. Buenos Aires: Losada.
Nietzsche, F. (2010). El origen de la tragedia. Buenos Aires: Terramar.
Sztajnszrajber, D. (2014). ¿Para qué sirve la filosofía?. Buenos Aires: Planeta. (Edición digital)
Wilde, O. (2007). El retrato de Dorian Gray. Buenos Aires: Gradifco.
Zátonyi, M. (2007). Un mundo amplio. En Arte y creación. Buenos Aires: Capital intelectual.


1Salvador Lavado, J. (1986). Bien, gracias. ¿Y usted?. Buenos Aires: Ediciones de la flor.
2Con ensayo me refiero a la práctica músical sin público.
3Considero música comercial a toda aquella música que circula por los medios de comunicación, como televisión, radio, etc. y que se hace con la principal finalidad de vender o lucrar.

domingo, 25 de mayo de 2014

El Cairo

 A Roberto Fontanarrosa



Subo por Urquiza y doblo en San Martín a la izquierda, sigo hasta Santa Fe y doblo a la derecha, en un trayecto laberíntico cuyo centro no pertenece a ningún minotauro, sino a la simple intención de tomar un café en donde tantas personas y personajes ya lo han hecho antes.
A una cuadra un cartel me tranquiliza y me confirma que voy por buen camino: “Cine El Cairo”. El famoso bar homónimo está al lado, en la esquina.

Me lo había imaginado de otra forma. Un barsucho setentista: pocas mesas, un mozo perezoso, un dueño apostado detrás de una barra, pósters de Rosario Central en la pared, alguna pizarra de felpa negra con letras plásticas blancas pegadas describiendo los productos más típicos de la casa y sus precios desactualizados, estanterías con botellas de ignota procedencia, un cielo raso con problemas de humedad, aroma a café quemado y, por supuesto, varias mesas ocupadas con personas del género masculino (tipos) teniendo acaloradas discusiones entre fecas, lisos y algún que otro carlitos demorado y reseco.

Llego a la esquina y empujo la imponente puerta de maderas terciadas, entro a una especie de recibidor muy pequeño, en donde una chica se acerca y me saluda muy decidida con un potente ¡Hola!
– Ehhh, qué tal, vengo a tomar un café.-- Me pareció decir.
– Sí, pase y siéntese donde quiera.
Me sentí un poco mal por la inutilidad del trabajo de la recibidora, ya que lo que me indicó era lo que iba a hacer de todas formas. Elegí una mesa junto a la ventana, me senté y me dispuse a observar el bar en donde tantas charlas sirvieron de inspiración para la mejor literatura costumbrista que se haya podido escribir.

El lugar tenía un tamaño como si para construirlo hubiese sido necesario demoler cuatro bares a la redonda. Era un auténtico café del siglo XXI: moderno, una barra descomunal, muchas mesas, alrededor de diez mozos estresados cargaban los pedidos en varias computadoras, en las paredes y algunas columnas (necesarias para mantener tan vasto lugar abierto) habían retratos autografiados de gente famosa tomando algo en ese mismo lugar, no había pizarra de precios sino cartas forradas en cuero y repletas de folios en donde se daban a conocer todas las posibilidades culinarias que uno se pudiera imaginar, los precios estaban al día (y un poco adelantados, quizá), el cielo raso impecable, el aroma era a capuchino recién hecho, y las mesas (pocas) estaban ocupadas por seres de indeterminada índole charlando entre platos del día, submarinos y algún que otro “muffin” con chispitas de chocolate.

Era evidente que a ese lugar no sólo se iba a tomar café y a hacer relaciones públicas, sino también a almorzar, merendar, cenar, y en algunas ocasiones hasta a bailar el tango, como algunos carteles pegados en la ventana con el título de “Jueves: Noche de milonga” sugerían.
Mi cabeza siguió girando y mis ojos descubrieron que al final del bar había una especie de escenario muy pequeño (¿Entrará una orquesta de tango allí?), y en un rincón, algo así como un altar en honor a la divinidad que consagró y llevó a la gloria el nombre de “El Cairo”.
Muy bien decorado, en ese altar se ofrecían libros, revistas, imágenes paganas y otros artículos, todos ellos custodiados por los ojos de una estatua de cera a escala real de El Creador.

Ya me había olvidado que pedí un capuchino (el olor me tentó) cuando este de pronto llegó de la mano de uno de los mozos (otro distinto al que se lo pedí) junto a una galletita envasada al vacío y un vaso de agua con burbujas. Fué en ese momento cuando sucedió.

Dicen que los humanos tenemos electricidad en el cuerpo, necesaria para que en el cerebro se produzcan los chispazos que nos llevan a pensar o a rascarnos donde nos pica.
En este caso, primero me rasqué la cabeza y luego pensé. Pensé en varias cosas, pero todas se relacionaban con algo: el lugar donde me encontraba.

Pensé que en la época de “La mesa de los galanes” este lugar no debería ser como es ahora, sino más parecido a como yo me lo imaginaba antes de empujar esa puerta de maderas terciadas. Pensé en el profesor Reiner, y en la imposibilidad de decirle a Borzone que “a las mujeres les pudrió el bocho el Para Ti” en un lugar como éste, incapaz de invitar a la reflexión. No me pude imaginar a nadie corriendo putos del baño con un trapo rejilla húmedo, y después contando la anécdota en alguna de estas mesas, donde hará veinte o treinta años ocurrió semejante hecho (hoy en día sería un escándalo). Y pensé también en que si este lugar hubiese sido siempre así, no podría servir de inspiración a nadie.

Al llegar a esa conclusión, sentí una frase que sobresalió por encima del ruido de la muchedumbre: “Sabés lo que pasa, Pablo. El problema de la revolución cubana fue la incapacidad de los cubanos para pronunciar correctamente la palabra mierda...”
Sin entender bien lo que acababa de escuchar, salí del mundo onírico de los pensamientos y me reincorporé a duras penas en el mundo terrenal de la mesa de El Cairo y el capuchino a medio tomar. Miré hacia adelante y lo ví.

Sentado en la silla de enfrente, pelado y con barba de una semana, tenía puesto un buzo por lo menos dos talles más grande y algo arrugado, el codo derecho sobre la mesa y con la mano sujetaba un pocillo de café humeante. “... Ellos dicen mielda, en vez de mierrrda.”
Sin comprender el cómo ni el por qué de la situación, un atisbo de razocinio me hizo preguntar:
– ¿Y eso qué tiene que ver?
– La manera de pronunciar las palabras forma la identidad de un pueblo. Antes los rosarinos nos comíamos las eses, hablabamo todo h'así. Ahora ya no, nos hemos aporteñado...
– Bueno, pero Rosario siempre quiso ser como Buenos Aires.
– Si y no. Tenemos una relación de amor-odio con los porteños. Pero lo que acaba de pasar es que El Cairo era un bar rosarino, y por culpa mía se ha convertido en una “confitería” porteña.
– No es culpa suya, Roberto, no sea tonto...
– Tonto, qué palabra de mierda...
– Tiene razón. ¡No sea pelotudo, Roberto! Usté llevó la literatura rosarina a lo más alto, le dió vida y aura literaria a personas y situaciones comunes, a charlas de bar, al fútbol, el trago, las trolas... Los sacó de la clandestinidad y los subió a un escenario a representar la condición humana. Usted es un maestro, Roberto, ¡un maestro! El Cairo es el representante del ideal de bar, no importa que ya no exista, todavía quedan bares en donde se puede charlar, filosofar a cualquier hora y con cualquiera, tomarse un café sin sacar cuentas y encontrarse con la gente que uno quiere. Y eso existe acá nada más. En Buenos Aires ya no quedan. ¡En Rosario todavía hay esperanza!

Al notar que un grupo de mujeres jugando a la canasta en la mesa de al lado me miraba y disimulaba sus comentarios, me sentí inhibido y bajé un poco la voz.
Ya era tarde y se veían dos o tres estrellas en el cielo violáceo. Pedí la cuenta y pagué el capuchino y el café chico. Me puse la campera, saludé a la recibidora y salí. No me dieron ganas de volver.



Bar El Cairo, en 1997.
 


Bar El Cairo, hoy.

domingo, 18 de mayo de 2014

CONTRATAPA

Nombre de mujer:
Marianela.

Letra de tango:
tu amor fue
una puñalada trapera
que me dejó encintao
en plena primavera.

Cultura para todos:
Muchos años después, frente al pelotón de fusilaFUEGOOOO TATATATATA

Efemérides:
Un día como hoy, en 1923, Juan Felipe Pinha dijo el abecedario al revés y le faltaron 3 letras.

Alfredocaserismo:
Te daría unos besos en la trucha...

Oído al pasar:
[...] y se me terminó secando...

Precio del PT:
ticinco.

Consejo:
Ser citrus.

sábado, 17 de mayo de 2014

Fernet con Manaos


En un lugar del Conurbano, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que andaba yo metido en una especie de barcito, a un horario intempestivo, cuando en de repente sentí la necesidad ancestral de refrescar la garganta con un clásico argentino.
Llamo al mozo con el característico lenguaje mímico que sólo los mozos de gran experiencia entienden, y éste, después de unos 5 o 10 minutos, se apresentó.
--Un ferné.-- Digo.
--Mirá que es con Manaos.-- Me dice.
Al principio no entendí, pero fulminándolo con una mirada que decía “no me importa, sólo traélo”, le dije: Está bien.

***Aquí comienza el detalle de la reflexión que tuve mientras esperaba el trago***

Estoy acostumbrado a pedir una cosa y que me traigan otra, pero esto ya es demasiado. En Argentina, los bares o son de Coca o son de Pecsi, no hay otra. ¿Qué es eso de Manaos? ¿Que garompa será?? No entiendo, ¿por qué tiene un nombre tan gracioso? ¿Por qué no le ponen algo más serio, grandioso, bíblico... Como Goliat, por ejemplo?? Siempre lo mismo con las porquerías que fabricamos acá, siempre con nombres pelotudos para que todo el mundo lea o escuche el nombre y ya sepa que es una garcada nacional, que no le llega ni a los talones a las producciones de patente extranjera, que debe tener gusto a cola, pero a cola de gato, y encima ahora deben estar en la barra mezclando el delicioso elixir italiano con esta basura que lo va a arruinar, lo va a hacer intomable, y como un forro de mierda que soy le dije que “está bien”... Está bien las pelotas, ¡las pelotas están bien!

***La reflexión se vió bruscamente interrumpida por la aparición del mozo, esta vez con bandeja y un vaso alto cargado hasta el tope con un líquido negro azabache. Se veía bien.***

--Aquí tiene señor.-- Curiosamente ahora me trataba de usted.
Agradecí automáticamente y me dispuse a examinar el vaso alto, similar a un tubo de ensayo de algún científico loco (y claro, me dije, sólo un científico loco y forro puede mezclar un fernet Branca con Manaos), lleno de ese líquido oscuro, amarronado a traslúz, espumoso, con correcta textura, temperatura ideal, poco hielo y mucho trago, sin pajita; si no fuera porque ya sabía que adentro estaba esa gaseosa infame, hubiera concluído que se trataba del mejor vaso de fernet que me han traído en años.
“Bueno, de algo hay que morir”, me dije, y lo mandé para adentro...
No estaba mal.

domingo, 21 de julio de 2013

Frase al pasar...

"Maleducada de mierda... que nunca te regalo nada! Como si nunca te llevaría (sic) a tomar un helado!!"
(Pibe hablando por celular a los gritos, pasando por la ventana de mi casa)